Cuando me desperté, aún era muy pronto. Alargué el brazo para alcanzar el reloj de la mesilla. Lo cogí y miré la hora. Las seis de la mañana. No me iba a dormir aunque me dispusiera a ello de nuevo, así que me quedé unos instantes en la cama, estirado. Después de unos minutos pensando, me levante y me puse una camiseta cualquiera, también me calcé mis zapatillas y abrí la ventana de par en par. Al hacerlo, una corriente de aire entró en mi habitación. Me lo pensé mejor y cogí una chaqueta y mi reloj de muñeca. Entonces sí, me acerqué a la ventana y miré a la calle. Vi que nadie pasaba por ella. Aún era de noche, por lo que todo el mundo todavía dormía. Las farolas iluminaban a duras penas las aceras. Entonces cerré los ojos y escuché el sonido de la calle.
Tras un minuto repasando mis futuros movimientos, me senté en el alfeizar de la ventana con las piernas colgando hacia la calle. Me armé de valor, una vez más, y me descolgué del todo. En ese instante solo mis manos sujetaban todo mi cuerpo. Empecé a moverme despacio hacia la derecha, hasta encontrar una tubería. Puse los pies en los bordes de las arandelas que anclaban esta misma a la pared. Posé una mano en ella y después la otra. Cuando vi que estaba bien sujeto, empecé a subir lentamente hasta llegar a la cornisa del edificio. Me agarré a ella e hice un último esfuerzo por levantarme a pulso.
Cuando me puse de pie, avancé por el tejado hasta las escaleras de mano que conducían al punto más alto del edificio. Era un rectángulo no muy grande que tenía un muro en los bordes que me llegaba por la cintura. Intentaba hacer el menor ruido posible para no despertar a nadie. Las tejas, sin embargo, crujían bajo mis pies escandalosamente. Cuando subí el último peldaño de la escalera, me dirigí al lado que daba al bosque. Me senté en el muro con los pies por fuera. Me gustaba aquel lugar. Era mi lugar. Cada vez que necesitaba pensar o estar solo me descolgaba por mi ventana para llegar a él. Por suerte, vivía en el último piso de mi edificio, un octavo.
Yo vivía en el borde de la ciudad que daba al bosque, curiosamente, la ciudad se cortaba casi con exactitud en una línea y el este quedaba a un escaso kilómetro. Me encantaba salir por las noches al tejado y observar el cielo estrellado sobre la densa maleza. La luz de la luna iluminaba los arboles de tal manera que hacía que todo pareciera un tanto mágico. Cuando tenía mucho tiempo libre, me gustaba dar largos paseos por él. Tumbarme en cualquier roca y cerrar los ojos. Los sonidos de los animales, el viento agitando los arboles, de vez en cuando algún riachuelo... Me encantaban aquellos sonidos. Allí, junto con la azotea, eran los únicos sitios donde conseguía desconectar de todo.
Yo vivía en el borde de la ciudad que daba al bosque, curiosamente, la ciudad se cortaba casi con exactitud en una línea y el este quedaba a un escaso kilómetro. Me encantaba salir por las noches al tejado y observar el cielo estrellado sobre la densa maleza. La luz de la luna iluminaba los arboles de tal manera que hacía que todo pareciera un tanto mágico. Cuando tenía mucho tiempo libre, me gustaba dar largos paseos por él. Tumbarme en cualquier roca y cerrar los ojos. Los sonidos de los animales, el viento agitando los arboles, de vez en cuando algún riachuelo... Me encantaban aquellos sonidos. Allí, junto con la azotea, eran los únicos sitios donde conseguía desconectar de todo.
Miré mi reloj y aún eran las seis y cuarto. Dentro de poco amanecería. El cielo se había despejado por la noche, por lo que un manto de estrellas empapaba el cielo. Hoy tenía pinta de ser un día sin nubes, buen tiempo. Sol pero no calor. Nada mal para los acontecimientos que nos esperaban a todos. ¿Qué iba a salir de todo aquello? ¿Había hecho bien aceptando en ir al fusilamiento? No lo tenía nada claro. Por una parte me obligaba a mí mismo a ir. No me parecía nada justo que mataran al pobre chaval. Por primera vez desde hace mucho tiempo estaba dispuesto a quejarme y pelear por lo que no es justo. Aunque mis quejas quedaran en gritos y nada más. Pero por lo menos iba a intentarlo. Pero por otro lado... ¿Y si la cosa se complicaba demasiado? Si la gente se empezara a descontrolar, aquello era peligroso, no íbamos a ser los únicos en contra que fueran a verlo. Probablemente miles de personas acudirían para alzar la voz ante lo que no es justo. ¿Pesarían a algo más que a gritos de protesta? Probablemente sí. Yo tenía claro que si las cosas se torcían, cogería a Rass y a Lily del brazo y me los llevaría aunque fuera a rastras de allí. Si tenía que llevarlos de los pelos, lo haría, me daba igual. Somos los únicos que tenemos los unos a los otros. Tenemos que ayudarnos mutuamente. Para eso está la familia.
Ellos eran mi familia, no literalmente, pero sí moralmente. Eran lo único que tenía. Mis padres murieron cuando yo tenía apenas siete años. Me dijeron que les mataron unos rebeldes de un tiro en la cabeza. Nunca se llegó a encontrar al culpable. Pero jamás me llegó a afectar mucho. Yo era muy pequeño, y mis padres viajaban muchísimo. A veces se ausentaban durante una semana entera, incluso más. Mientras a mí me dejaban con los padres de Rass. Era gente agradable. Siempre me habían tratado como a un hijo. Después de lo de mis padres, ellos tomaron mi tutela, ya que yo no tenía a nadie más en mi familia.
Ahora vivíamos Rass y yo solos. Los padres de Rass están en otra ciudad, trabajando. Llevaban allí desde hacía un par de años. Nos enviaban dinero todos los meses, y siempre que podían venían a vernos. Pero nos iba bien a Rass y a mí. Nos las apañábamos. Por otro lado, Lily también vivía sola. Sus padres, al igual que los de Rass, trabajaban fuera de la ciudad. Sin embargo, ellos venían los fines de semana. Uno sí otro no. Pero Lily era una chica muy responsable. Su casa estaba siempre impecable.
Cuando quise darme cuenta, ya no había estrellas. El sol estaba dejando ver los primeros rayos del día. Un color anaranjado se apoderó del cielo y vi tranquilamente como amanecía. Me encantaba hacerlo. Podía pensar con más claridad cuando lo hacía. Simplemente, con ello, todo carecía de sentido y podía relajarme aunque fuera por unos instantes. Cuando el sol apareció por completo ya eran las siete y media. Las tripas me rugieron, por lo que decidí bajar a desayunar. Volví sobre mis pasos y con mucho cuidado me descolgué por la cornisa y baje a mi habitación.
Me encanta, es que eres un crack, David :)
ResponderEliminarNeneeee! :)
ResponderEliminarme encanta ;)
deberias hacer esto mas a menudo ^^
TE TENGO QUE DECIR UN SECRETO Ö : me estoy leyendo un libro jajajajajaja. sigue asi :)
tequie!!
NOAAAAAAAAA
ResponderEliminarMi v ida que tal!???!?!?!?
dios un lbro. TU? el mundo se acaba.....
dios tengo muchisimas gracias de ablar con tigo. Tenemos que quedar YA!!
plaza, genial, genial y genial =) un besitto!¡
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